Practicar el ZEN

HISTORIA DEL MAESTRO MENG SHAN

Del Libro: LA PRACTICA DEL ZEN de: Chang Chen Chi.

Cuando tenía veinte años ya estaba enterado de este asunto (el Zen). Desde entonces, hasta los treinta y dos años, estudié con unos dieciocho ancianos con el fin de practicar el Zen. Sin embargo, no recibí de ellos una enseñanza clara. Después, estudié con el anciano de Wan Shan, quien me enseñó a observar la palabra “wu”. Él me dijo que, durante las doce horas del día, es menester estar alerta como un gato que acecha un ratón o como una gallina que empolla un huevo, sin abandonar ni un segundo la tarea. Hasta que no estamos plenamente iluminados, debemos trabajar sin descanso, como un ratón que roe un ataúd.

Si se practica de esta manera, finalmente se descubrirá (la verdad). Siguiendo estas instrucciones, me puse a meditar y a contemplar diligentemente, día y noche, durante dieciocho días. De repente, mientras tomaba una taza de té, comprendí el sentido del gesto de Buda al mostrar la flor, y de la sonrisa de Mahakasyapa. Me sentí lleno de alegría. Interrogué a tres o cuatro ancianos sobre mi experiencia, pero guardaron silencio. Varios ancianos me dijeron que identificara mi experiencia con el samadhi del Sello del Océano, y que no prestara atención a nada más. Este consejo me inspiró confianza en mí mismo.

 

Dos años después, en el mes de julio durante el Quinto Año de Chin Din (1264), contraje disentería en Chunking en la provincia de Szechaun. Movía el vientre cien veces al día y ya estaba próximo a la muerte. La experiencia adquirida me resultaba inútil y el llamado samadhi del Sello del Océano no me ayudaba en lo más mínimo. Tenía un cuerpo, pero no podía moverme. Decidí acostarme y esperar la muerte. Tenía una boca, pero no podía hablar. Todos los kharmas y las otras alucinaciones tremendas aparecieron simultáneamente ante mí. Asustado, confundido, desorientado, me sentía abrumado por el peso de mis desdichas.

Con la muerte a un paso, decidí hacer testamento y disponer de mis bienes terrenales. Hecho esto, me incorporé lentamente, quemé incienso y me senté en un sitial elevado. Allí oré en silencio a los Tres Bienaventurados y a los dioses del cielo, arrepintiéndome ante ellos de todas las malas acciones que había cometido en mi vida. Luego hice mi último pedido: si mi vida está a punto de terminar, deseo mediante el poder de Prajna y un estado de mente moderado reencarnarme en un lugar favorable, en donde pueda hacerme monje a una edad temprana. Si por casualidad me recobro de esta enfermedad, renunciaré al mundo, tomaré los hábitos y trataré de llevar la luz a otros jóvenes budistas. Después de formular este voto, me encaré con la palabra “wu” y la observe interiormente. Mis intestinos tironeaban y se tendían repetidas veces, pero yo no les prestaba atención. Después de un largo rato sentí que mis párpados se fijaban firmemente. Pasó un largo rato en el cual no sentía la presencia de mi cuerpo. Nada más que el Hua Tou siempre presente en mi mente. No me levanté del sitial hasta la noche. Estaba a medias curado de mi enfermedad. Me senté de nuevo y medité hasta medianoche. Entonces mi curación fue completa. El cuerpo y la mente estaban serenos y cómodos.

En el mes de agosto fui a Chiang Ning e ingresé en el sacerdocio. Permanecí un año en aquel monasterio y después inicié un viaje. Durante el viaje, cocinaba mis alimentos. Sólo entonces comprendí que la tarea Zen debe practicarse continuamente y nunca a de ser interrumpida.

Más adelante paré en el monasterio del Dragón Amarillo. Cuando me senté a meditar por primera vez, la somnolencia se apoderó de mí, pero traté de despertarme y logré mi propósito. Nuevamente sentí sueño y nuevamente pude vencerlo. Cuando sentí sueño por tercera vez la somnolencia era muy, muy fuerte. Me levanté y me prosterné ante Buda, procurando ocupar mi tiempo. Después volví a mi sitial. Decidí vencer la somnolencia de una vez por todas. Al principio dormía un tiempo muy breve con almohada, después apoyando la cabeza en el brazo, después dormitaba sin acostarme. Durante dos o tres noches me esforcé de esta manera, y al día siguiente sentí sueño todo el tiempo. Los pies no parecían apoyarse en el suelo y me parecía flotar en el aire.

De repente los oscuros nubarrones ante mis ojos se despejaron. Todo mi cuerpo se sintió cómodo y ligero como si hubiera salido de un baño caliente. Entretanto la “sensación de duda” en mi mente se intensificaba más y más. Sin esfuerzo aparecía ante mí automática e incesantemente. Ni sonidos ni visiones ni deseos ni nostalgias podían penetrar en mi mente. Era como el claro cielo de otoño, o como nieve pura llenando una copa de plata. Entonces pensé: “Todo está muy bien, pero nadie aquí puede darme consejo o resolver estas cosas para mí”. Entonces dejé el monasterio y fui a Che Chiang.

Durante el camino sufrí muchos inconvenientes, y mi trabajo se retrasó. Al llegar me quedé junto al maestro Ku Chan de Chin Tien, e hice el voto de que conseguiría la Iluminación o no abandonaría más el monasterio. Tras meditar un mes recobré el trabajo perdido en el viaje, pero, entretanto, mi cuerpo se llenó de ampollas. Las ignoré e intensifiqué mi trabajo, hasta llegar a descuidar mi propia vida. De esta manera, podía trabajar más y mejor, y me mejoraba. Así aprendí a trabajar estando enfermo.

Un día me invitaron a una comida. En el camino tomé mi Hua Tou y trabajé en él, y así, sin darme cuenta, pasé junto a la casa de mi huésped. Así aprendí a mantener el trabajo estando en actividad. Cuando llegaba a este estado el sentimiento era como la luna sobre el agua: transparente y penetrante. No podía ni dispersarse ni perderse en ondas sucesivas: era vivo, inspirador y activo todo el tiempo.

El seis de marzo, cuando estaba meditando en la palabra wu, el monje principal entró a la sala con la intención de quemar incienso. Al golpear la caja del incienso, produjo un ruido y yo, de repente, me reconocí a mí mismo y capté y vencí a Chao Chou. En la ocasión, compuse esta estrofa:

Desesperado, llegué al punto muerto del camino;
golpeé la ola
(pero) no era más que agua.
¡Oh, ese notable viejo Chao Chou,
cuya cara es tan fea!
 

En otoño vi a Hsueh Yen en Ling An, así como a Tui Keng, Shih Keng, Hsu Chou y otros notables ancianos. Hsu Chou me aconsejó que le hiciera una consulta a Wan Shan, y yo seguí el consejo. Wan Shan me preguntó:

“¿No es la frase la luz brilla serenamente sobre la arena de la ribera una observación prosaica de ese tonto de Chang?”

Yo me disponía a contestar cuando el maestro Shan me gritó: “¡Vete!” A partir de ese momento ya no tuve interés en nada, me sentía desganado y obtuso en toda clase de actividad.

Pasaron seis meses. Un día de la primavera del año siguiente yo volví a la ciudad, de un viaje. De repente, subiendo una escalera de piedra, sentí que todas las dudas y todos los obstáculos que me abrumaban se desvanecían como hielo que se derrite. Me pareció que no estaba caminando por el camino con un cuerpo físico. Inmediatamente me fui a ver al maestro Shan. Éste me hizo la misma pregunta que ya me había hecho antes. Por respuesta, yo me limité a tirar al suelo el colchón de su cama. De este modo, uno a uno, fui comprendiendo los koans más oscuros y más intrincados.

Amigos: si queréis practicar el Zen debéis ser muy serios y muy atentos. Si yo no hubiera caído enfermo en Chungking, probablemente mi vida se habría malgastado. Lo importante consiste en encontrar un buen maestro y tener un punto de vista justo. Por este motivo se buscaba con tanto ahínco a los maestros en la antigüedad, solicitando sin cesar su opinión sobre una y otra cosa. Pues tan sólo mediante una actitud seria es posible aclarar las dudas y asegurarse de la autenticidad de la experiencia y la comprensión del Zen.

Chang Chen Chi

1 comentario Add your own

  • 1. claudia  |  abril 30, 2012 a las 9:16 pm

    Yo tambien comparto q la seriedad en cada actitud hace la diferencia y de esta manera logramos la comprensio de lo q no parece tenerla en este mundo fisico y desgastado

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